El viaje que Condoleezza Rice inicia mañana en Japón, y que le llevará también a Corea del Sur y China, tiene ese claro pero difícil objetivo. La secretaria de Estado norteamericana debatirá con sus principales aliados asiáticos la manera de devolver a Pyongyang a la mesa de negociaciones al tiempo que tratará de lograr un compromiso común en la aplicación de las sanciones impuestas por parte del Consejo de Seguridad de la ONU al régimen de Kim Jong Il. Con un alto nivel de entendimiento garantizado con Japón y Corea del Sur, el principal escollo de la gira será alcanzar uno semejante con China. El principal aliado del régimen norcoreano es, junto a Rusia, quien más reticencias ha expresado en torno al paquete de sanciones aprobado por unanimidad y ha advertido en varias ocasiones de la necesidad de evitar provocaciones que puedan alimentar la tensión con el régimen
norcoreano. Pekín es consciente de que un aumento de la presión sobre el régimen podría incrementar de manera dramática el flujo de refugiados hacia su territorio. Mientras, Pyongyang ha vuelto a manifestar que considera la resolución de la ONU como “una declaración de guerra” y ha amenazado con “golpear despiadadamente a quien se ampare en ella para violar su soberanía nacional”. Lo ha hecho a través de un inquietante comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores en el que se asegura, además, que, “si Corea del Norte se mantuvo firme ante las presiones del pasado es absurdo pensar que vaya a ceder ahora que ya posee armas nucleares”.
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